2. El apocalipsis desde su ventana.

 Se le helaban las venas cada vez que se asomaba a la ventana de aquel pequeño ático en el que llevaba encerrada casi una semana. En el exterior se había extinguido cualquier rastro de cotidianidad, como si el mundo conocido hubiera desaparecido para dejar paso a la fría muerte, que azotaba casi todos los rincones de aquella maldita ciudad.

Los muertos vivientes deambulaban por la avenida principal buscando alguna desafortunada víctima de la que alimentarse. De vez en cuando, lanzaban gemidos espeluznantes que penetraban de una manera atormentadora en la mente de Carmen. La joven estaba escondida en su lujoso piso, con poca comida, y un cadáver encerrado en uno de los servicios.

El cadáver uniformado, que desprendía un olor nauseabundo, en su día fue un hombre llamado Bruno. El joven se dedicaba a arreglar ordenadores a domicilio y aquella visita en el ático de Carmen fue la última.

La pesadilla de la joven universitaria empezó con su ordenador estropeado y la llamada a un técnico informático a domicilio. Bruno se presentó con su uniforme de la empresa y una venda sucia en la mano que cubría una herida pequeña. El joven aseguró que un lunático, algo demacrado, le había atacado y mordido en la calle. Carmen esbozó una mueca de asco y lo apremió sin demasiada simpatía a que empezara a trabajar. A los pocos minutos, Bruno empezó a encontrarse mal. Su piel palideció paulatinamente y los temblores musculares se apoderaron de su cuerpo. En menos de una hora se abalanzó contra Carmen gruñendo y mostrando los dientes. 


La joven se defendió como pudo, presa del pánico y sin dejar de gritar. Su agresor era más fuerte que ella y la agarraba con violencia para intentar hincarle el diente. Después de un intenso forcejeo, los dos cayeron contra el suelo. Afortunadamente, durante la caída, la cabeza de Bruno impactó directamente contra un canto de la mesita de la sala de estar. La fractura fue mortal, el informático enloquecido quedó inerte en el suelo con los brazos todavía sujetos a la joven. Carmen todavía no había asimilado lo acababa de suceder cuando escuchó un terrible estruendo en el exterior.

Aquella fue la primera vez que se le helaron las venas al mirar por la ventana de su lujoso ático. La avenida principal era un caos: un camión cisterna ardiendo, personas que corrían en todas direcciones desesperadamente, otras personas enloquecidas que se abalanzaban encima de cualquiera que tuvieran al alcance, sirenas lejanas, alarmas de tiendas y coches… 


Sumida en el horror de la avenida, Carmen tardó unos largos minutos en advertir los gritos y los estruendos que procedían de dentro del mismo edificio dónde residía. Se apresuró entonces a encerrarse con llave, pestillo, y arrastró la mesa del comedor hasta delante de la puerta con la intención de bloquear la entrada. Hizo lo mismo con algunas sillas y una butaca. 


Carmen se preguntó  si había perdido la cabeza, pero el cadáver en su sala de estar parecía muy real. Observó a Bruno tendido en el suelo durante algunos segundos y luego decidió ponerse los guantes de goma de la cocina antes de arrastrar el cadáver hasta el interior de uno de los servicios.


Desde aquel terrible momento, en el que había matado por primera vez y todo se había torcido de una manera apocalíptica, Carmen pasaba los días encerrada en su habitación. 

Se escondía entre las sábanas de su cama, tapándose las orejas con fuerza para protegerse de aquellos gritos salvajes y de todo el caos del exterior.


Fue el séptimo día, en medio de la primera noche tranquila y silenciosa, cuando Carmen escuchó unos golpes potentes en la puerta. A continuación, una persona desesperada suplicó entrar en el ático. En aquellos momentos, Carmen se encontraba en la cocina buscando algo que pudiera ingerir. Su egoísmo característico, pero también el miedo, hicieron que ni siquiera se planteara la posibilidad de dejar entrar a nadie. Lo único que el cuerpo y la mente le permitieron hacer fue encerrarse de nuevo en la habitación y taparse las orejas con más fuerza que nunca.


Los gritos que suplicaban ayuda se convirtieron en gritos de dolor, y fueron enterrados bajo los gruñidos de lo que Carmen definió como “muertos vivientes”. Los golpes en la puerta se convirtieron en un auténtico concierto de percusión, muchas manos se habían apuntado a aporrear la sólida madera. Carmen ni siquiera pensó que la puerta no tardaría en ceder, la barricada improvisada e inútil tampoco duraría demasiado.

En los últimos minutos de su vida, Carmen llegó a pensar que se merecía todo el sufrimiento por el que estaba pasando. Incluso pensó que su muerte era justa. Era la primera vez que pensaba en sus errores, en sus impertinencias, en todo el daño que había hecho a las personas que tenía cerca. Pensó también en todo el tiempo que había perdido persiguiendo quimeras, en la niña inocente que un día fue, y en los valores que había perdido intentando ser alguien importante. 


La joven no trató de salvar su vida, no podía hacerlo. En su cabeza solo existía aquel mar de pensamientos, que en cierta medida eran reconfortantes porque mantenían el pánico alejado. 


Finalmente, la puerta cedió con un terrible estruendo. La muerte devoradora entró en aquel ático lujoso dispuesta a arrebatar la vida de Carmen.


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