1. El Rematador

No me esperaba menos de aquel tipo alto y fuerte. Con un posado feroz y armado hasta los dientes, se dispuso a acabar todos los muertos vivientes de la carretera abandonada. Blasfemaba en ruso, con una voz tan potente como aterradora, mientras blandía su machete desgastado en potentes arcos.

Era un espectáculo de brutalidad. Bajo el débil sol anaranjado del atardecer, la escena perfectamente cuidada parecía la de alguna de aquellas películas antiguas que se proyectaban en Pueblo Libre - mi hogar- con uno de aquellos protagonistas imponentes que machacaban al enemigo en medio sin despeinarse.

Había escuchado hablar de él en el pasado, también en Pueblo Libre, dónde se contaban muchas historias sobre sus sangrientas hazañas. Se lo conocía cómo “El Rematador, exterminador de muertos vivientes”. El Rematador era un hombre ruso, de mediana edad, que se dedicaba a limpiar el mundo de muertos vivientes. Deambulaba por todas partes, armado con su característico machete centenario y todo tipo de objetos para el combate. También se lo conocía por tener un cabello, largo y rubio, que resistía todas las adversidades de aquel mundo devastado. Una melena reluciente - perfectamente cuidada- y también su viejo machete, eran sus principales elementos distintivos.

Nunca hubiera imaginado tenerlo delante, en plena acción, rebanando cabezas y con los ojos totalmente enloquecidos, unos ojos que deseaban ver sangre de muerto viviente. Pero, para empezar, tampoco me hubiera imaginado, nunca, abandonar la seguridad de Pueblo Libre para emprender aquel peligroso viaje. Y mucho menos esperaba ser acorralado por un grupo tan grande de muertos vivientes en aquella carretera destrozada por el tiempo.

Contemplé la magnificencia del furioso luchador. Comprendí, entonces, que todas las historias sobre el personaje eran ciertas. En una ocasión, la abuela me contó que el Rematador aniquiló un rebaño de muertos vivientes con una bandeja de plata para servir la comida. Ella misma se la ofreció y la tiene expuesta de trofeo, sin limpiar, en nuestro humilde hogar. ¿Pero, por qué estaría Remedios con el Rematador?

Las cabezas de los muertos vivientes volaban por todas partes. Aquellos desafortunados no tenían ninguna oportunidad contra el titán enloquecido y su machete. Eran lentos, patosos, y poco avispados; pero sobre todo eran unos necios, por intentar devorar a un enemigo que no dejaría que ni uno de ellos rozara su piel.

Observé atónito la lucha encarnizada, escondido debajo de un viejo coche manchado de sangre, con dos cuerpos inertes en su interior. Tenía mucho miedo, nunca antes me había encontrado rodeado por tantos de ellos. Un rezagado del combate intentó deslizarse torpemente por debajo del vehículo, con la intención de alcanzarme, pero lo mantuve a raya con puntapiés desesperados de mis duras botas de montaña. Otro muerto viviente siguió el primero e intentó también alcanzarme, pero entonces el Rematador entró en escena para salvarme. Arrastró los dos muertos vivientes, de golpe y sin esfuerzo, fuera de debajo del vehículo. Después reventó sus cabezas con un potente golpe de machete en cada una.

La matanza pareció durar horas, pero en realidad solo fueron unos escasos y sangrientos minutos. El escenario había quedado tintado de color púrpura, la sangre de los muertos vivientes se extendía sobre el asfalto y había salpicado los viejos coches abandonados. Cabezas y partes de los cuerpos estaban repartidas por todas partes expulsando todo tipo de fluidos. Algunos de ellos estaban totalmente mutilados a causa de la furia del Rematador, que no pensaba dejar ni a un solo zombi en pie.

La última cabeza rodó por el frío asfalto hasta situarse justo delante de mí. Me fijé en su cara, y en sus desorbitados ojos; nunca había visto el miedo reflejado en el rostro putrefacto de un muerto viviente. ¿Eran aquellos desalmados capaces de tener miedo? Ahora no tenía ninguna duda, eran capaces.

El rematador me hizo un gesto con el pulgar para indicar que el peligro había pasado. También esbozó una media sonrisa, que no le salió muy bien, pero que reflejó un atisbo de humanidad en él. Su figura oscura bajo el atardecer parecía casi la de un vikingo, con el abrigo de cuero, el machete y la larga melena rubia que el viento azotaba.

ㅡ ¡Rematador! ㅡ exclamé mientras pasaba con cuidado por encima de los cadáveres de los muertos vivientes hasta situarme delante de él.

ㅡ Muchas gracias ㅡ me apresuré a decir. Le tendí la mano, un poco temblorosa, y lo miré con cara de inocencia ㅡ. Me llamo Pol, es un placer conocerte en persona, me han hablado mucho de ti.

El rematador asintió, un par de veces, mientras me encajaba la mano con demasiada fuerza. Intentó sonreír de nuevo, pero no formuló ni una palabra. A continuación me dio la espalda y empezó a caminar, por la carretera, en la misma dirección que yo debía tomar. Parecía anestesiado, ausente, ensimismado. También era posible que, después de la matanza, se hubiera quedado bien a gusto.

Lo volví a llamar, desesperado, sin ser consciente de que lo hacía. Su presencia era un golpe de suerte, una oportunidad que no estaba dispuesto a dejar escapar.

ㅡ ¿Puedo seguir la carretera contigo? - pregunté en un tono más de súplica que de pregunta ㅡ. No hace ni dos días que abandoné Pueblo Libre y... ㅡ me detuve para mirar hacia el suelo ㅡ. Tengo miedo.

El Rematador se giró y volvió a asentir unas cuantas veces antes de hablar con su ronca y desganada voz.

ㅡ Cómo quieras ㅡ contestó sin entusiasmo alguno. Su acento era torpe, pero se lo entendía perfectamente ㅡ. ¿A dónde te diriges?

ㅡ A la capital del Nuevo Imperio Humano, cerca de la antigua Barcelona.

El Rematador mostró un atisbo de interés repentino, parecía muy sorprendido. Me escudriñó de arriba a abajo, arqueó las cejas, y me miró fijamente a los ojos.

ㅡ Supongo que puedo acompañarte hasta la autopista ㅡ murmuró antes de apartar su mirada. Empezó a caminar de nuevo mientras continuaba hablando ㅡ. Luego deberás seguir solo. ¿Sabes a lo que te enfrentas, joven?

ㅡ Sí ㅡ contesté tajantemente/de manera tajante. No me apetecía hablar del tema en aquellos momentos. Y él tampoco preguntó. El Rematador parecía, otra vez, ausente y ensimismado.

Recorrimos el asfalto juntos, uno al lado del otro, hacia el firmamento rojizo que presentaba la carretera. Después del primer intercambio de palabras, nos quedamos en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. Mi viaje, que prácticamente acababa de empezar, parecía tomar un buen rumbo. Pero era un viaje cuyo propósito no sabía si sería capaz de cumplir. Y tampoco sabía cómo afrontaría el peligro cuándo mi nuevo compañero se fuera.

El sol se escondió, y, poco a poco, los cadáveres y restos de aquel escenario devastado -junto con nuestros pensamientos- quedaron sumergidos en la oscuridad.




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